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Ignacio Moncada 01 Oct '18 · 5 minutos Behavioral investing (y III): víctimas de las emociones

                En artículos anteriores vimos cómo las personas tendemos a padecer una serie de sesgos cognitivos que nos conducen a cometer errores sistemáticos a la hora de invertir. En un primer artículo comprobamos cómo padecemos sesgos relacionados con la falta de humildad intelectual: sentimos exceso de confianza, de optimismo o sesgo de confirmación. En el segundo artículo vimos cómo el mal uso de atajos mentales como el de anclaje, representatividad y disponibilidad también suponen una trampa que nos provoca errores sistemáticos de inversión. En este tercer artículo veremos cómo también las emociones interfieren negativamente en nuestra toma de decisiones de inversión y qué podemos hacer para mitigar sus efectos.

                Supongamos que le proponen una apuesta en la que se lanza una moneda: si sale cruz, usted pierde 100 euros; si sale cara, gana 120 euros. ¿Aceptaría? Si es como la inmensa mayoría de las personas, pese a que la ganancia esperada es positiva, aún así no habría aceptado la apuesta. De hecho, se estima que en promedio la gente pide al menos 200 euros para aceptar la posibilidad de perder 100 euros en el juego de la moneda.

                En un experimento se propuso a dos grupos de personas dos juegos distintos. En el primero se les hizo escoger entre dos opciones: a) ganancia asegurada de 500 euros, o b) se lanza una moneda: si sale cara, ganancia de 1.100 euros; si sale cruz, no se gana nada. En el segundo grupo se les hizo escoger entre las siguientes dos opciones: c) pérdida asegurada de 500 euros, o d) se lanza una moneda: si sale cara, pérdida de 1.100 euros; si sale cruz, no se pierde nada. ¿Qué escogió la gente? Curiosamente, la inmensa mayoría en el grupo 1 escogió a) (una ganancia segura sobre una ganancia superior pero con riesgo), mientras que en el grupo 2 escogió d) (una pérdida superior con riesgo sobre una pérdida menor pero segura).

                El sesgo de aversión a las pérdidas (loss aversion bias), desarrollado inicialmente por Daniel Kahneman y Amos Tversky, explica los resultados de estos dos experimentos. En el primero queda claro que nuestros sentimientos hacia las ganancias y las pérdidas no son simétricos: el dolor que nos causa una pérdida no se compensa con el placer que nos causa una ganancia de la misma magnitud. Por ello, rechazamos la posibilidad de obtener ganancias si nos genera un riesgo de tener pérdidas a menos que la ganancia esperada sea exageradamente alta. El segundo experimento ilustra cómo el riesgo en el que estamos dispuestos a incurrir tampoco es simétrico cuando se trata de pérdidas o de ganancias. En concreto, cuando decidimos sobre ganancias tendemos a evitar el riesgo a menos que el beneficio compense exageradamente el riesgo; sin embargo, cuando decidimos sobre pérdidas, nos volvemos propensos al riesgo incluso aunque signifique una mayor probabilidad de incrementar las pérdidas.

                Este sesgo de aversión a las pérdidas, si bien puede tener un sentido evolutivo, en el ámbito de la inversión tiende a provocar errores sistemáticos. En un estudio se reveló que los inversores mantenían en cartera las acciones con pérdidas un 22% más de tiempo en promedio que las acciones con beneficios. Por los motivos vistos anteriormente, los inversores tienden a deshacerse demasiado pronto de los activos con ganancias para darse el gusto de consolidar ganancias; sin embargo, tienden a deshacerse demasiado tarde de los activos con pérdidas para evitar aceptar dicha pérdida. Dicho de otro modo, la gente tiende a conservar demasiado tiempo las malas inversiones mientras que se desprende de las buenas inversiones antes de tiempo.

                El efecto dotación (endowment effect) es otro sesgo emocional relacionado con el anterior: tendemos a asignar un valor superior a las cosas que poseemos por el mero hecho de poseerlas. El psicólogo Dan Ariely realizó una serie de experimentos en los que regalaba a sus alumnos distintas cosas: tazas, chocolatinas o entradas para partidos de baloncesto. Cuando preguntaba a los alumnos por cuánto estaban dispuestos a vender lo que les habían regalado y cuánto pagarían por comprar lo que habían regalado a los demás, se demostraba que tendían a valorar más aquello de lo que ya eran propietarios que aquello que no poseían. A la hora de invertir, la consecuencia de este sesgo es clara: los inversores se suelen encariñar de los activos que tienen en cartera, y por tanto tienden a evitar desprenderse de ellos cuando racionalmente deberían hacerlo.

                Otro sesgo asociado con las emociones es la aversión al arrepentimiento (regret aversion bias). Las personas a menudo tomamos decisiones equivocadas porque proyectamos un escenario futuro que no nos gusta y lo intentamos evitar a toda costa. Por ejemplo, pese a que la Lotería es un juego en el que la ganancia esperada es muy negativa para quien participa, millones de personas todas las Navidades compran décimos por evitar tener que arrepentirse en el remoto caso de que el premio toque a vecinos o compañeros de oficina. El sesgo de aversión al arrepentimiento nos conduce tanto a errores de comisión (realizamos una acción equivocada por temor a que salga bien) y a errores de omisión (no realizamos una acción que habría sido acertada por temor a realizarla y que salga mal).

                La aversión al arrepentimiento es causa de muchos tipos de errores sistemáticos a la hora de invertir. En general, tendemos a decantarnos por decisiones que, si salen mal, son fáciles de racionalizar, de justificar con excusas o cuyos efectos no son demasiado evidentes. Por ejemplo, cuando un amigo o familiar nos recomienda una determinada inversión, aunque la recomendación no sea muy buena, es muy tentador hacerle caso por temor a que salga bien y habernos quedado fuera. Otro ejemplo típico es tender a invertir en compañías muy grandes en las que invierte mucha gente (blue chips) pese a que puedan no ser buenas inversiones, ya que en caso de ir mal da una menor sensación de responsabilidad.

                Pero tal vez el caso más paradigmático es el denominado efecto rebaño (herd behavior): tender a imitar lo que hacen los demás. La tendencia a comprar lo que los demás han estado comprado o a vender lo que los demás han estado vendido conduce a errores graves de inversión. Sin embargo, es muy tentadora porque nos permite descargar nuestra responsabilidad sobre los demás. Es posible que la decisión correcta conlleve el riesgo de equivocarnos solos, y ante esa posibilidad nos resulta mucho más atractiva la opción de compartir nuestra equivocación con los demás.

                ¿Qué podemos hacer para mitigar los efectos negativos de la aversión a las pérdidas, del efecto dotación o de la aversión al arrepentimiento a la hora de invertir? Es imprescindible que valoremos cada uno de los activos de nuestra cartera de forma objetiva, en función de los fundamentales, y no en función de cuánto ha ganado o perdido hasta la fecha o por motivos emocionales. Conviene plantearse: “Si no tuviera este activo en mi cartera, ¿lo compraría a los precios actuales?” Si la respuesta es no, puede que sea el momento de vender. Algunos inversores, incluso, recomiendan medidas más radicales: vender periódicamente toda la cartera y empezar de cero el proceso de construirla. Así, alegan, evitamos retener malas inversiones por el mero coste emocional de desprendernos de ellas, y sólo recompramos las buenas inversiones si siguen teniendo sentido.

                En conclusión, el mejor remedio para evitar los errores de inversión derivados de sesgos cognitivos y emocionales como los que hemos ido mencionando en esta serie de artículos puede resumirse en una simple idea: es imprescindible diseñar un buen proceso de toma de decisiones de inversión y respetarlo siempre. Dicho proceso debe servir para valorar las oportunidades de inversión de manera objetiva, tanto cualitativa como cuantitativamente, debe permitirnos revisar de manera clara nuestras decisiones pasadas, y debe procurar aislar nuestras decisiones de cualquier sesgo, atajo, emoción o circunstancia que sepamos que provoca errores sistemáticos. Será inevitable que el diseño de ese proceso de inversión no sea inmediato, sino que se vaya construyendo poco a poco, con la experiencia, aprendiendo de los errores pasados y personalizado para cada uno. No debemos olvidar que los buenos inversores no analizan sus inversiones pasadas en función de si al final salieron bien o mal, sino en función de si el proceso de decisión fue correcto o incorrecto. Centrémonos, por tanto, en seguir un buen proceso de inversión.



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