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Álvaro Martín 16 Oct '18 · 6 minutos La relevancia de la economía conductual en el mundo financiero ¿Sabemos realmente lo que es la economía conductual o economía del comportamiento?

                La economía conductual está de moda. No hay más que ver como se han disparado las publicaciones y papers sobre el asunto durante los últimos dos o tres años, teniendo a dos economistas conductuales entre los más reconocidos premios Nobel de economía de la última década, Daniel Kahneman y Richard Thaler, el primero centrando más su estudio en los mercados financieros y el comportamiento de los inversores, en su principal obra “Thinking fast and slow”; mientras que el segundo, profesor de la Universidad de Chicago, ha dedicado su mayor estudio a la influencia y la efectividad de las políticas públicas en la vida del ciudadano medio, introduciendo en su análisis diversas variables que también pueden computar a la hora de correlacionar la economía conductual con los mercados financieros, como puede ser la aversión a las pérdidas o las preferencias temporales. Este campo relativamente moderno de la economía puede ser realmente útil de analizar para los seguidores del value investing, ya que desde el magnum opus de Ludwig Von Mises, “Human Action”, toda la filosofía austriaca, a la que se adhiere la inversión en valor, ha centrado su análisis en el individuo, su comportamiento y la consecuente repercusión en los mercados. La epistemología, por lo tanto, tomó, y hoy vuelve a tomar las cartas en el asunto, con una visión económica y de inversión virando cada vez más hacia el individuo.

                Pero, ¿sabemos realmente lo que es la economía conductual o economía del comportamiento? Pues bien, aunque muchos crean saber lo que es, se puede fácilmente tener una visión equivocada acerca del asunto, hasta que se leen y comprenden las obras principales de Kahneman y Thaler, sendas muy relevantes para perder esa visión de la economía conductual como puramente estatista, y comenzar a verla como una oda a favor de una mayor libertad. 

                La economía conductual por lo tanto, se puede definir como una rama relativamente moderna de la ciencia económica, cuyo objetivo es observar y analizar el comportamiento de los individuos y colectivos (más de los primeros que de los segundos), de manera más efectiva y realista que los modelos macroeconométricos clásicos, que generalmente han tendido a ser un fracaso. Y sino, que se lo digan a Samuelson. Los economistas neoclásicos tienden a pensar que todo individuo se comporta de manera perfectamente racional e instrumental, es decir, que siempre actuará acorde al mejor camino posible para obtener su más pura satisfacción personal. Los sistemas económicos clásicos, al igual que las políticas públicas y muchos modelos de inversión (como el análisis técnico, o la Efficient Market Hypothesis, desarrollada por Eugene Fama) toman en consideración esta teoría a la hora de afrontar problemas y tomar decisiones. Es decir, se cree que el único objetivo por el que siempre se guía el ser humano es la maximización del beneficio individual, cuando en realidad, hay una enorme cantidad de estímulos exteriores que nos fuerzan a actuar de manera ciertamente irracional en un gran número de ocasiones. Miremos por ejemplo la regulación de MiFIDII, la cual se basa exclusivamente en la teoría de que proveer al consumidor de servicios financieros con más y mejor información hará que este tome mejores decisiones. Es decir, supuestamente elimina el comúnmente llamado en literatura económica, problema de la “información asimétrica”. Puro racionalismo desfasado.

                Aparentemente, y cada vez más, estos modelos no obtienen ningún resultado positivo ni grandes cambios en el modelo de comportamiento del consumidor. ¿Realmente cree alguien que el pequeño y mediano inversor vaya a leerse los cientos de páginas de información que envían los bancos y gestoras? Claro que no, aunque sería lo más racional. Debido a estas incongruencias de las regulaciones actuales, cabe no solo flexibilizarlas, sino moldearlas para que realmente mejoren la experiencia del inversor, y consecuentemente los resultados, derivando en un enorme beneficio social para la población. Por ello, la importancia de comprender la economía conductual. Para terminar de comprender la base de la economía conductual debemos tener claro, que su acercamiento a la ciencia económica se basa no solo en teorías previamente impuestas, sino en un enorme sesgo psicológico en cuanto al análisis del individuo y sus acciones. Es decir, analiza los procesos cognitivos y heurísticos de los consumidores a la hora de ahorrar, consumir, ingresar, apostar, o en este caso, invertir. Debido a la falta de espacio, y para prevenir resultar tedioso al lector, en este artículo analizaremos solo dos aspectos de la economía financiera conductual: la aversión a las pérdidas, y la tendencia hacia el statu quo.

                En primer lugar, vayamos con la aversión a las pérdidas.

                La población, y los individuos en particular han mostrado a lo largo de la historia padecer una enorme aversión a las pérdidas, sufriendo mucho más una pérdida de X que una ganancia de 2X, tal y como se explica en Nudge, uno de los libros de Richard Thaler. Por esto es por lo que destaca mucho más y crea una mayor impresión un fondo que pierde un 8-9% en un año que uno que obtiene un upside del 15-20%. La aversión a las pérdidas se puede explicar a través de la teoría del prospecto (prospect theory, en inglés), que expone que la función de valor de un individuo es cóncava para las ganancias, pero convexa hacia las pérdidas. En otras palabras, la gente es mucho más sensible en relación a las pérdidas que hacia las ganancias, ya que no se analizan desde una neutralidad.

 

                En inversión esta teoría es conocida por el Disposition Effect, un término americano comúnmente empleado en materia de economía conductual para hacer referencia a la gran tendencia existente de los inversores a seguir manteniendo activos en cartera tras enormes pérdidas de valor y perspectivas nulas de crecimiento. Un ejemplo claro lo vimos con toda la gente que mantuvo miles de acciones del Popular en cartera ante su inminente “quiebra”. Nos daremos cuenta también, que la gente fija un precio más alto a los bienes que ya posee que a aquellos que todavía no posee o no tiene intención de adquirir, ya que para deshacernos de un bien necesitaremos obtener una cantidad mayor de su valor real, debido al efecto generado por la aversión.

                En segundo lugar, la tendencia al statu quo fue inicialmente introducida por Samuelson, para explicar la costumbre de la gente por la inmovilidad, tanto laboral como social. Es decir, tenemos miedo al cambio, prefiriendo el statu quo. Lo malo pero cierto antes que lo maravilloso pero bañado de incertidumbre. En situaciones donde no hay una secuencia previa de comportamiento existente, entonces la opción por defecto es una guía de gran relevancia. Por ello, en países como España hay un volumen masivo de inversión en blue chips, es decir, en activos ampliamente conocidos y generalmente de bajo riesgo, como serían Telefónica, BBVA, Santander… lo que deja poco espacio al value investing y a la verdadera rentabilidad, conduciendo a retornos muy mediocres.

                Respecto a otro asunto que nos concierne enormemente, siendo este las pensiones, la teoría del statu quo también ha tenido una gran relevancia en países como Suecia, donde las pensiones se encuentran parcialmente privatizadas, y gestionadas en base a un modelo de capitalización por fases. Dentro del sistema existen distintos fondos de pensiones a los cuales los ciudadanos se pueden adherir, cada uno con un nivel de riesgo diferente. Para evitar pérdidas innecesarias y conflictos sociales, por defecto el Gobierno sueco inscribe a los ciudadanos en el plan de menor volatilidad interanual, mientras que esos mismos ciudadanos tienen la opción de cambiarse de plan hacia uno de mayor volatilidad una vez al año, y a través de internet. Sorprendentemente, solo cerca del 6% de los ciudadanos cambian su plan de pensiones público una vez al año, debido a que muchos de ellos al ver una rentabilidad media estable y persistente a lo largo del tiempo, simplemente no les merece la pena dedicarle tiempo a estudiar las distintas opciones que se les ofrecen. Este es un claro ejemplo que respalda la teoría del statu quo.

                Aunque la economía conductual no nos vaya a proveer con todas las soluciones necesarias para un horizonte económico y financiero tremendamente complejo, es necesario analizar el comportamiento psicológico de los agentes económicos en el mercado para poder proceder tras ello, a implementar, no solo políticas públicas, sino modelos de negocio y estrategias de inversión eficientes teniendo en cuenta los rasgos de los clientes a los que van dirigidas. La economía conductual es el futuro, y esta vez no podemos dejar pasar el tren.



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