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Kaloyan Andonov 26 Feb '18 · 3 minutos Los efectos perniciosos de la inflación. La perspectiva austriaca
    Milton Friedman, en un ejemplo muy bien sabido entre economistas, describe la inflación como «helicopter money». Es decir, dinero que cae del cielo como si alguien, volando en un helicóptero, hubiera pasado durante la noche para meter un importe igual en las cuentas corrientes de todo el mundo. Al parecer, ésta es una comparación bien nítida, copiando una que David Hume había desarrollado unos siglos antes, pero en realidad es una explicación errónea y casi infantil de lo que realmente ocurre cuando se pone más dinero en circulación. Según la teoría económica de la escuela austriaca, ya sea una expansión crediticia por el sistema bancario o a través de un «rescate» o «alivio cuantitativo» puntual (como se le suele llamar hoy en día), el incremento de la oferta monetaria siempre tiene efectos perniciosos que la teoría keynesiano-monetaria simplemente no explica tan bien como la teoría austriaca que pretendo resumir en los siguientes párrafos.

   
¿Dónde falla la explicación en el ejemplo de Friedman entonces? En primer lugar, cuando se pone más dinero en circulación, creado de la nada, normalmente no se pone un importe igual en los saldos bancarios de cada uno. Por tanto, el impacto sobre el poder adquisitivo no es igual para todos. Los primeros pocos que perciben este dinero nuevo no ven su poder adquisitivo disminuido en absoluto a la hora de gastarlo. Ellos tienen el poder adquisitivo de comprar bienes a precios antiguos. Antes de ponerse en circulación y extenderse por la economía entera, este nuevo dinero tiene el mismo poder adquisitivo que el dinero que ya se encuentra en circulación. 

    Los primeros pocos empiezan a gastar este dinero en productos y servicios de varios tipos. Los primeros a los que pagan, también son relativamente afortunados de tener casi el mismo poder adquisitivo, pero los demás después cada vez menos a medida que se vaya extendiendo el dinero por toda la economía. Los que reciben pagos de este nuevo dinero más adelante en la cadena se irán percatando que su dinero ya ha perdido parte de su valor y los precios han aumentado. Dicho sea de paso, por eso la inflación afecta tanto a los jubilados que no suelen vender productos o servicios (como su trabajo, por ejemplo) a nadie, sino que perciben ingresos fijos extraídos de los actuales trabajadores y empresarios que sí venden productos y servicios. Así, ineludiblemente, los jubilados suelen ser entre los últimos a los que llega el dinero nuevo. Es importante entender este hecho cuando en la actualidad hay miles de jubilados manifestándose en varias ciudades españolas
«para clamar a favor de subidas que, al menos, sigan el ritmo de la inflación para no perder poder adquisitivo».


    La pérdida en poder adquisitivo de las unidades monetarias no es inmediata sino que se produce una vez que el dinero nuevo se haya extendido por toda la economía del país. En realidad este proceso puede tardar muchos meses o incluso años. Friedrich Hayek lo compara con una montañita de miel vertida sobre una mesa de mármol, donde la miel se va extendiendo poco a poco sobre toda la superficie de la mesa.

   
¿Qué implica la inflación para alguien cuyo dinero va a perder su valor, entonces? No sólo una penosa pérdida de poder adquisitivo, sino una invisible redistribución de la renta. Si alguien que ha ahorrado una cantidad de 1.000 unidades monetarias, sin invertirlo y cobrar interés, y no ha sido entre los pocos primeros que reciben el dinero nuevo inflacionario, su poder adquisitivo se verá reducido: 1.000 unidades monetarias de hoy podrán comprarle, digamos, sólo lo que 960 unidades le compraban ayer. Es como si alguien le hubiese expropiado esas 40 unidades (4%). En cambio, los primeros pocos, a la hora de emplear el dinero nuevo, no tienen ese problema. De hecho su poder adquisitivo aumenta en detrimento del poder adquisitivo del ahorrador que se verá disminuido más tarde, una vez que se haya extendido la inyección monetaria. Por tanto, es preciso recalcar la no-simultaneidad de la aplicación de la inyección monetaria y sus efectos sobre los precios es precisamente la razón por la cual esta redistribución queda prácticamente imperceptible para el ahorrador.

   
¿Y qué de la subida de los precios? Ésta se suele tratar en los medios de comunicación como una subida generalizada de los precios de consumo, ya que los precios de consumo son los precios más cercanos a la gran mayoría de la gente. La realidad, sin embargo, es diferente. La inflación distorsiona la estructura de los precios relativos. Es decir todos los precios suben, pero algunos precios suben mucho más que otros. Para entender esto, tendremos que simplificar nuestro ejemplo hipotético. Supongamos que los pocos primeros en nuestro ejemplo fueran empresas constructoras que decidieran invertirlo en la construcción de más viviendas y carreteras. Armadas con el dinero nuevo, esas constructoras empiezan a requerir más materiales de construcción (cemento, asfalto, ladrillos etc.) y de contratar más trabajadores. Como consecuencia, la demanda de esos materiales y la demanda laboral de albañiles subirán en conjunto con sus precios y salarios, respectivamente. Y son precisamente estos precios y salarios que subirán, en términos relativos, más que los precios de otros bienes y servicios. 

    Esta subida relativa de los precios conlleva otra distorsión mucho más peligrosa para toda la economía – la distorsión de la estructura productiva. Los precios, siendo los indicadores de oportunidades económicas para los empresarios según la teoría austriaca, hacen que los empresarios inviertan más dinero de lo habitual en procesos productivos relacionados con viviendas y carreteras. Es decir, los precios elevados y  los ampliados márgenes de beneficio posible hacen que muchos asignen mal sus recursos a la producción de bienes relacionados con la construcción. Ilusoriamente, esto parece económicamente sensato, ya que los elevados precios de cemento o asfalto indican que existe una demanda y necesidad de construir más viviendas que, supuestamente, se van a comprar y más autopistas que se van a usar. Ningún empresario se percata de la mala asignación de sus recursos hasta que se ponga de manifiesto que, en realidad nadie quiere ni puede comprar tantas nuevas viviendas ni conducir por las autopistas que se quedan vacías. Ha llegado la recesión…


    Entonces, según la escuela austriaca, ¿cuál sería el nivel óptimo de la oferta monetaria? La respuesta es simplemente que cualquier nivel sería óptimo, siempre que NO SE AUMENTE artificialmente por el banco central. En un mundo ideal, el banco central nunca inflaría la divisa nacional para fomentar el crecimiento económico y la riqueza del país, ya que estos últimos se alcanzan sólo con niveles superiores de ahorros y con mayor productividad a través de equipo capital. Una prescripción que está destinada a no gustar a los políticos (y ni siquiera a muchos catedráticos), pero que puede servir a los ahorradores e inversores en explicar por qué su dinero pierde valor con el transcurso del tiempo. 



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