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Patricia Mata · Dra. de Imdi Funds. 03 May '18 · 3 minutos Gestión activa y pasiva De enemigos a aliados en beneficio del inversor
Tradicionalmente ha existido una especie de confrontación entre la inversión pasiva y la activa, alimentada por la ventaja histórica que saca la gestión pasiva, en mercados muy concretos, en términos de rentabilidad acumulada y la lucha por la puesta en valor del conocimiento de los gestores personales.  Pero, ¿por qué no integrar ambas metodologías de inversión para aunar las bondades y compensar las desventajas? 

Para entender este cóctel, a nuestro juicio, ganador, debemos comenzar por definir qué son realmente la gestión pasiva y la activa. Siendo estrictos, el término gestión pasiva implicaría exclusivamente el seguimiento riguroso de un índice determinado renunciando a la posibilidad de batir a dicho índice, ya sea en términos de rentabilidad o de rentabilidad-riesgo. En el caso de una cartera multiactivos implicaría el seguimiento de una cesta de índices cuya composición es conocida de antemano. Las ventajas que debería ofrecer dicha aproximación pasiva están relacionadas con la minimización de todos los costes asociados a la réplica del índice y, de hecho, son estos costes de réplica una de las variables más relevantes a la hora de seleccionar el vehículo o instrumento en el que invertir. 

Por el contrario, en la gestión activa, el objetivo es obtener un comportamiento superior al índice o mercados de referencia, bien en términos de rentabilidad a largo plazo o ajustado por riesgo. En este caso, la variable más relevante a la hora de seleccionar un producto u otro es la evaluación de la capacidad del gestor para obtener rentabilidades en el largo plazo, ajustadas por riesgo, superiores a los mercados de referencia. Cuando hablamos de gestión activa, especialmente en referencia a carteras multiactivos, tendemos a centrarnos en el apartado de las rentabilidades, muy afectado por el “sesgo del superviviente”, y tendemos a infravalorar el papel esencial del gestor a la hora gestionar el riesgo de la cartera en el sentido más amplio y riguroso, no sólo cuantitativo.

En determinados mercados, por ejemplo, el de renta variable americana, hay una evidencia estadística de la dificultad de superar a los índices de referencia, sin embargo, dicha evidencia no se traslada automáticamente a otros mercados y aproximaciones de gestión, en los que hay una evidencia histórica del valor aportado por la gestión activa, siempre que las comisiones de gestión sean “razonables” y ajustadas al perfil de riesgo

De hecho, la propia elección entre un instrumento pasivo y otro activo a la hora de invertir en un determinado mercado es activa en sí misma y exige un conocimiento profundo de las características del mercado, de las probabilidades de “batir” a dicho mercado y de las peculiaridades de los instrumentos disponibles. En este sentido, para operar en determinados mercados, los ETF son un instrumento cada vez más utilizado dentro de las carteras de los gestores activos, que los valoran como otro instrumento más disponible a la hora de invertir en los mercados que consideran interesantes. El mayor peso de estos productos en fondos de fondos es innegable y pensamos que pueden empezar a jugar un papel importante en el futuro más cercano en los servicios de gestión discrecional de carteras de las entidades.

Ahora bien, para que un ETF pueda considerarse una alternativa de inversión para un gestor activo, tiene que satisfacer varios requisitos, entre otros
  • tiene que haber una baja probabilidad de encontrar gestores activos que mejoren el desempeño, ajustado por riesgo y comisiones,  de los ETFs para las clases de activo y mercados de interés
  • hay que evaluar todos los costes asociados, incluyendo la operativa y spread (horquilla), y compararlos con las alternativas
  • valorar que la liquidez del ETF sea suficiente, especialmente en situaciones de mercado adversas, y que los riesgos asociados con la técnica de la réplica sean asumibles


Una estrategia de gestión en la que los productos indexados (pasivos) juegan un papel primordial  es la  aproximación “core-satellite”.  Se trata de una metodología que tiene como objetivo aunar las ventajas, en cuanto ahorro de costes y eficiencia,  de la inversión en productos pasivos o indiciados, con el valor que aporta la gestión activa en términos de exceso de rentabilidad y mejora del binomio rentabilidad-riesgo. Se fundamenta en el sencillo concepto de dividir una cartera en dos segmentos: un núcleo (core) compuesto por productos indiciados pasivos y un segmento compuesto por inversiones más activas (satélite).  Frente a la inversión “pasiva” del núcleo de la cartera, la gestión más activa de las inversiones satélite posibilita el aprovechamiento de oportunidades de inversión. 

Para terminar, creemos que para el inversor particular el aumento del peso relativo de los ETF y otros vehículos de gestión pasiva es una buena noticia ya que incrementa la competencia, presiona las comisiones a la baja y aflora el trabajo de los gestores que, realmente, aportan valor. Una de las enseñanzas que la gestión activa puede extraer de los ETF y fondos indexados es la optimización de los procesos operativos. En ese sentido, la tecnología nos permite actualmente mejorar la eficiencia y minimizar los riesgos operativos y con ello reducir los costes asociados al funcionamiento de los fondos, lo que se traduce en la posibilidad de ofrecer productos mucho más competitivos en precio.  



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