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Álvaro Martín 14 Feb '19 · 5 minutos La verdadera revolución china El gran progreso de la economía China desde Deng Xiaoping se debe, una vez más, al capitalismo de libre mercado.

Muchas veces, cuando debatimos de materia económica, evitamos defender nuestros ideales liberales aludiendo al “Mercado”. Tememos que este término a muchos les pueda resultar ajeno, pueda generar rechazo y cerrazón, o que simplemente sea un término demasiado abstracto. No debería ser así. El mercado existe y ha sido el ente, la estructura, el sistema… que más beneficio social ha generado a lo largo de los siglos. El mercado existe desde tiempos prehistóricos, y el mercado ha sido el mayor destructor de regímenes autoritarios y anti-democráticos, y a su vez, el mayor generador de libertad y prosperidad. El mercado somos todos. Todos y cada uno de nosotros, todos los agentes económicos. Pasas a formar parte del mercado cuando te tomas un café, compras un libro, o incluso lees este artículo. Pero para que haya mercado, debe haber propiedad privada, y para que haya propiedad privada debe prevalecer el Estado de Derecho y la libertad económica. En este artículo no les voy a hablar de las bondades del mercado y el progreso de manera generalizada y un tanto abstracta; para eso ya tiene ustedes al maestro Antonio Escohotado. Hoy, sentado frente al ordenador (del cual disponemos gracias al mercado), me dispongo a relatarles una historia, y es que sin historia económica no conoceríamos el éxito del mercado ni los fracasos de socialismo, de ahí la importancia de estudiar esta rama de la economía. Sin más preámbulo, adentrémonos en la historia del gran desarrollo de China.  

Nadie habría afirmado hace 40 años que hoy en día China sería una de las grandes potencias mundiales gracias al mercado y al capitalismo; valga la redundancia. China, desde hace cuatro décadas ha representado por tanto una revolución, una revolución silenciosala revolución del capitalismo.  

El desarrollo socioeconómico real de China comienza realmente en el año 1978-1979, aunque previamente desde 1972 se hubiesen hecho algunos intentos a nivel estatal de reindustrialización, que sin libertad económica obviamente resultaron ser un absoluto fracaso. China realmente no se convirtió en una economía parcialmente de mercado hasta los 90, y hay incluso historiadores económicos que afirman que su economía no deviene a ser denominada como “de mercado” hasta el año 2001 con la entrada de China en la OMC (Organización Mundial del Comercio), que le permitió comerciar a nivel global bajo un marco común de reglas que establecían unos límites comerciales y que garantizaban seguridad, estabilidad y fiabilidad a la hora de comerciar con otros Estados.  

Es cierto que China nunca será una economía completamente capitalista, y que su falta de libertad social es aberrante y debemos denunciarla sin descanso cada día. No debemos olvidar que el gobierno chino tiene a más de un millón de musulmanes inocentes en campos de concentración. No debemos olvidar que son un régimen autoritario y anti-democrático, pero a su vez no podemos dejar de demostrar empíricamente el gran éxito que fue la liberalización parcial de la economía china desde 1978.  

No crean que el Estado chino pensaba en dar mayor libertad a los ciudadanos ni se preocupaba por su bienestar. El gobierno comunista de China siempre se ha preocupado solo por una cosa: por perpetuar al Partido Comunista en el poder. Bajo esta premisa comenzaron los planes de industrialización en 1976 de la mano de Hua Guofeng. Su único objetivo era prevenir la debacle económica masiva, lograr salir del pozo en el que se encontraban metidos, y consecuentemente salvar al régimen.  

Hua Guofeng,; uno de los gestores designados por Mao Zedong, y con todo el apoyo de Deng Xiaoping, comenzó una reforma económica en pro de la modernización industrial, a través de un programa masivo de gasto público en infraestructura y tecnología. Como era de esperar, este programa, basado en la dirección centralizada de los medios de producción recientemente introducidos en el sistema duró apenas dos años, antes de que fuese finalizado por el gran fracaso que supuso. Hua Guofeng fue sustituido entonces por Chen Yun, quien, sí apoyó una liberalización parcial de algunas industrias para que se adecuasen al entorno del mercado nacional, conllevando por tanto una asignación más eficiente de recursos.  Todo comenzó en 1978 con Deng Xiaoping al mando del ejecutivo chino. Chen Yuan fue encargado diseñar un programa de reforma económica, y al haber sufrido China un desbarajuste estructural a lo largo de los pasados 20 años, decidió que el problema había sido un exceso de inversión pública en la gran industria, mientras que se había abandonado a la pequeña industria y al sector servicios. El ajuste estructural de la economía se aplicó a lo largo y ancho de todo el país asiático, pero de nuevo, el gobierno erró por un exceso de estatismo, ya que tratando de mantener el precio de las materias primas y commodities, dispararon el precio de los bienes agropecuarios en 1979, causando una asignación de recursos entre la población tremendamente ineficiente. Este fue el momento inicial en el que el gobierno central finalmente se decantó por liberalizar en parte las importaciones extranjeras y descentralizar el comercio exterior, ofreciendo asimismo mayor autonomía impositiva y regulatoria a los gobiernos provinciales.  

La clave del programa económico de Chen Yuan fue la introducción de los primeros incentivos de mercado en la economía china, al permitir que las empresas privadas que operasen en ciertos sectores o áreas pudiesen quedarse con una mayor parte de los beneficios, conllevando así una reducción de costes y mayores niveles de productividad laboral en estas empresas. Poco a poco, el gobierno chino se dio cuenta de que introducir estos incentivos en las empresas públicas era imposible, al no existir la posibilidad de beneficio; pero, a su vez, el régimen veía y aun ve necesario hoy en día mantener vivas muchas empresas públicas “zombis”, pero estratégicas a nivel político, ya que permiten al gobierno ejercer control sobre algunos sectores claves como el de la energía o la vivienda, y dirigir así la sociedad de manera centralizada. No se puede esperar menos de un Estado comunista.  

 

Deng Xiaoping y los ejecutivos posteriores a Mao produjeron cambios de gran relevancia en la economía china, pero no debemos olvidar que el actor principal de la transformación económica china, no fue otro que el mercado, con las primeras granjas privadas, negocios rurales, tiendas locales e incluso algunas fábricas privadas en las ciudades en la década de los 80. Cabe destacar, asimismo, la creación de las Zonas Económicas Especiales o Special Economic Zones, que eran determinadas áreas en los pueblos o ciudades en las cuales la estricta regulación de la China comunista no se aplicaba, por lo que la producción y el comercio se encontraban liberalizados, siendo, efectivamente, estas zonas las que crecían y se desarrollaban a un mayor ritmo. Estas áreas no molestaban al Partido Comunista, ya que lo único que hacían era generar una sensación de riqueza y abundancia en algunas de las zonas más pobres de China, haciendo que el gobierno se atribuyese todo el mérito y lograse calmar a la población y mantenerse en el poder; evitando cualquier intento de revolución. Aún con el gobierno chino en contra y sin quererlo, la revolución del mercado había llegado a China. 

Esta revolución, tal y como comenté anteriormente, comenzó con las granjas privadas, cuando  fueron autorizadas en los primeros años de la década de los 80. Habían existido ya previamente a la Guerra Civil china, pero todas ellas fueron nacionalizadas y colectivizadas tras la llegada del sanguinario dictador Mao Zedong. Nunca es mal momento para recordar la Gran Hambruna de la China de Mao, con 40 millones de muertes por escasez de alimentos en China que provocaron las granjas colectivas y su excesivamente bajo nivel de productividad y eficiencia. Un Estado comunista matando de hambre a su pueblo… ¿quién se lo iba a imaginar? (nótese la ironía). 

Mucha gente había perdido ya la confianza en la gestión centralizada de la economía, y a inicios de los años 80, en concreto en 1982, comenzaron las privatizaciones, no solo de granjas sino de un respetable número de empresas y fábricas, incrementando de manera prácticamente automática el poder adquisitivo, y aniquilando frugalmente las hambrunas propias de la China comunista. El éxito de las políticas liberalizadoras y cosmopolitas de China en los años 80 se puede observar principalmente a través del flujo migratorio de más de 20 millones de estudiantes que en un solo año se trasladaron del campo a la ciudad, para tener mejores perspectivas laborales de cara al futuro. Todos ellos encontraron trabajo de manera casi inmediata, por las constantes aperturas de negocios privados, que reclutaron a un montón de desempleados o funcionarios públicos muy desencantados. Aún con todas las ayudas estatales y barreras de protección de las que disponían (y disponen) muchas empresas públicas chinas, el sector privado no tardó prácticamente nada en alcanzarles, e incluso adelantarles, en términos de crecimiento y progreso. Todo esto se pudo poner en práctica gracias a las Special Economic Zones, donde la gente comerciaba, exportaba y vendía bienes en el mercado internacional, consecuentemente creando empleo e incrementando de manera notable el crecimiento económico.  

Aunque la historia del desarrollo del capitalismo en China y la irrupción del mercado como institución ordenadora de la economía en el país asiático es muy extensa, debemos concretarla para no extendernos en exceso. Por ello, pasaré a comentar un último factor que potenció el desarrollo del capitalismo y promovió, no solo el crecimiento económico, sino también el desarrollo de los sistemas productivos y las estructuras de competencia, que aportaron una mayor eficiencia a la economía china: la competencia regional. 

Dar paso a la competencia regional en China fue el último eslabón de la cadena para terminar parcialmente con el control absoluto del gobierno sobre el sistema económico. El gobierno central seguía monopolizando el poder político y restringiendo al máximo las libertades civiles, pero eran conocedores de que el progreso económico aportado por una mayor liberalización de la economía les daría algo más de apoyo por parte de la sociedad civil. Por lo tanto, podríamos decir que al finalizar la década de los 90, China ya podía considerarse medianamente como una economía de mercado. La competencia constante entre regiones por atraer capital e inversión además de por dejar crecer sus industrias y ser líderes del país hizo que la economía China evolucionara de gran manera en la época de los Tigres Asiáticos, con tasas de crecimiento que llegaron al 8% de manera consistente en algunos años, superiores al 6,3%-6,5% que observamos hoy en día. La reforma en pro de la competencia entre regiones no hizo más que reducir los aranceles internos, facilitar la migración de trabajadores de una región a otra, y fragmentar la economía china por sectores, dando lugar a una mayor y mejor asignación de recursos. Estas reformas sirvieron de piedra inicial en el camino hacia u mercado único interno en China a finales de los 90, algo que, aunque pueda parecer común en los Estados de hoy en día, brilla por su ausencia en los Estados propiamente denominados “comunistas”. Lo más importante que supuso la competencia regional fue la expansión de las economías de escala a nivel nacional, y proveer a China de varias ventajas comparativas frente a Europa y EEUU. Desde una perspectiva hayekiana, o de la teoría del crecimiento endógeno de Paul Romer (Premio Nobel 2018), China también se beneficio de la descentralización económica a nivel nacional por una mejor y más rápida difusión del conocimiento y la tecnología a nivel nacional, conllevando un mayor progreso socioeconómico a un ritmo formidable.