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Ernesto Bettschen 08 Oct '20 · 4 minutos Decisiones puntuales Llegada una edad, nos enfrentamos constantemente a tener que tomar decisiones. La mayoría, banales; unas pocas, con el calado suficiente como para condicionar nuestra vida.

Llegada una edad, nos enfrentamos constantemente a tener que tomar decisiones. La mayoría, banales; unas pocas, con el calado suficiente como para condicionar nuestra vida. 

Y algunas son como lobos con piel de cordero. 

Me viene a la memoria cómo se trata este tema en el libro El millonario de la puerta de al lado, de Thomas J. Stanley y William D. Danko, donde se expone que en ocasiones algunos padres «ayudan» financieramente a sus hijos a instalarse cerca de sus hogares para mantener un contacto más próximo con ellos. En muchos casos, unos padres con la vida ya resuelta ayudando a unos hijos con la vida por resolver… Ayudándoles a instalarse en barrios con un nivel de vida de personas con la vida ya resuelta… gastos de nivel de vida ya resuelta… Nivel de vida que en algún momento habrá que costear sin la ayuda de los padres… 

Este tipo de decisiones puntuales es a las que me refiero: decidir el barrio en el que uno vive puede condicionar tu prosperidad financiera… casi para siempre. 

A otro nivel, pasa con muchas de las cosas que una familia media «normal» consume a lo largo de su vida: un coche de una categoría un poco superior ata a su propietario a mayores gastos que deberán afrontarse año tras año durante toda la vida útil del coche: mantenimiento, seguro, impuestos, etc. 

Añádasele a esto la pericia de fabricantes y vendedores, por un lado y, por otro, ese afán de «vivir mejor», del todo comprensible. 

La mezcla es explosiva. 

Y así, hay vidas absolutamente sobredimensionadas en las que abunda el pan para hoy mientras se cierne el hambre para mañana. Vidas que son un despropósito a cuerpo de rey. Pero, claro, «¡Que me quiten lo bailao!». 

Pero la vida, salvo para los que la queman (como hacen tantas estrellas de rock, por ejemplo) o tienen un desafortunado final prematuro (la desgracia existe y golpea), más que un sprint es un maratón. Y para racionalizar esto (porque en ocasiones entiendo la tentación de dejar todo de lado y echarse a vivir) me apoyo en que el saber popular dice que quien mucho corre, pronto para. En eso y en la apasionante lectura del libro Pensar rápido, pensar despacio, de Daniel Kahneman, casi un manual de funcionamiento de nuestro cerebro, donde entre un sinfín de temas interesantísimos se realiza un pormenorizado análisis sobre las «satisfacciones». Tan ambiguo como suena. Tan bien contado como no se puede imaginar. Y ahí se narran unos cuantos experimentos «de laboratorio» en los que se nos da a entender que es mejor un final feliz que la opción contraria. En resumen, que un amargo final empaña toda una vida sensacional. Es una lectura imprescindible. 

Retomando el tema inicial, creo que toda esta entrada puede resumirse en una frase que extraigo de otro libro, Entre tiburones, de Joris Luyendijk: «El dinero viene y se va, pero el nivel de vida llega para quedarse». Y acostumbrarse a lo bueno es demasiado fácil como para ser verdad… indefinidamente. 

Si hoy perdieses tu fuente principal de ingresos, ¿cuánto tiempo podrías mantener tu nivel de vida? ¿Te daría tiempo a encontrar un trabajo de iguales características en ese plazo? ¿Te has parado a pensar cual será tu ingreso el día que decidas —o peor, que decidan por ti— poner fin a tu vida laboral? ¿Serás capaz de hacer que los «años dorados» realmente lo sean o te estas condenando a ese final amargo en el que mirar atrás se convierte en un sufrimiento? 

Puede ser que, después de todo, lo difícil no sea hacer dinero. Que lo qué lo realmente difícil sea equilibrarlo en «la balanza de la vida». 



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