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Miguel de Juan 16 Jul '20 · 4 minutos De guerras familiares Desde hace tiempo se viene planteando de forma más o menos velada una guerra familiar que ya he denunciado como inútil, contraproducente e idiota en varios medios.
«Conocemos muy bien a dos socios que pasaron buena parte de su vida gestionando sus propios fondos y los de otras personas en Wall Street. Alguna experiencia difícil les enseñó que era mejor estar seguro y actuar con prudencia que tratar de ganar todo el dinero del mundo. Llegaron a elaborar un enfoque relativamente exclusivo sobre las operaciones con valores que combinaba unas buenas posibilidades de conseguir beneficio con un sólido valor. (…) El año de la primera edición de este libro se ofreció la oportunidad al fondo de estos socios de adquirir una participación del 50% en una empresa en crecimiento. (...) Sin embargo, nuestros dos socios quedaron impresionados por las posibilidades que ofrecía la empresa; el elemento decisivo para ellos fue que el precio era moderado en relación con los beneficios actuales y el valor del activo. Los socios decidieron seguir adelante con la adquisición, que en términos monetarios representaba aproximadamente una quinta parte del patrimonio de su fondo. (…) De hecho, consiguió unos resultados tan positivos que la cotización de sus acciones alcanzó un nivel de 200 veces o más el precio pagado por la participación del 50%. (…) Sin embargo, como consideraban que la empresa era una especie de “empresa familiar” mantuvieron una participación sustancial en las acciones, a pesar de la espectacular subida del precio. Un gran número de los partícipes de sus fondos hicieron lo mismo y llegaron a hacerse millonarios gracias a sus carteras en esta única empresa, más las filiales que se constituyeron posteriormente. (…) Paradójicamente, el conjunto de beneficios derivado de esta única decisión de inversión superó con mucho la suma acumulada de todas las demás decisiones de inversión adoptadas durante 20 años de operaciones muy variadas en los campos de actividad en los que estaban especializados los socios, periodo durante el cual realizaron grandes investigaciones, prolongadas sesiones de reflexión y adoptaron innumerables decisiones individuales».

Benjamin Graham
El inversor inteligente, epílogo (ed. 1973)

Desde hace tiempo se viene planteando de forma más o menos velada una guerra familiar que ya he denunciado como inútil, contraproducente e idiota en varios medios, por ejemplo, en mi segundo libro El inversor español inteligente. Básicamente, se trata de dictaminar qué es y qué no es value, cuál es el futuro del value, y si alguien se está quedando desfasado u obsoleto. En resumen, una guerra para establecer algo con lo que ni Graham, Buffett, Munger y demás grandes inversores perdieron el tiempo ni consideraron relevante. Además, se da la circunstancia de que gran parte de esta guerra familiar la mantienen, en general, inversores jóvenes (o al menos más jóvenes que yo, que tengo 53 años) y sin embargo no es algo que se de entre inversores consagrados.

Mi primera recomendación para todos los que leáis estas líneas es que leáis, al menos una vez al año, la fabulosa conferencia luego transformada en artículo de «Los superinversores de Graham-and-Doddsville», escrito por Buffett en 1984 para conmemorar el 50 aniversario de la aparición del libro Security Analysis. En ese artículo/conferencia, Buffett abría los ojos a cuantos se enzarzan en esas guerras de familia, pues explicaba con varios ejemplos de amigos suyos cómo el value podía ser utilizado para cualquier tipo de inversión y estrategia (lo mismo podemos decir de aquella creencia de hace años de que la renta fija no es value, otra tontería como la que más). Los ejemplos iban desde inversores que tenían la cartera muy diversificada, a otros que la tenían muy concentrada; carteras de empresas pequeñas y mediocres, extremadamente baratas según los datos de balance, es decir respecto a la foto fija del «hoy» sin pensar en el futuro de la misma, o de otros inversores que tenían grandes empresas con excelentes negocios y márgenes jugosos donde lo mejor había de venir en el futuro; inversores que adquirían empresas más glamurosas, exóticas o tecnológicas y otros que se centraban en empresas menos glamurosas pero muy baratas respecto a su valor intrínseco… y así podríamos seguir.

El deep value es sólo una forma de utilizar el método o marco conceptual del value investing y no hay nada de malo en él. Funciona. De la misma forma que funciona el invertir en empresas compounders, que son empresas excelentes capaces de hacer crecer su valor con el paso del tiempo y que a largo plazo terminan generando estupendas rentabilidades medias. Pero ningún inversor debería pelear por decirse «que es más value que el otro». Lo mismo pasa hoy día con las FAANG o cualquier otro acrónimo que se os ocurra sobre las empresas tecnológicas. No hay ningún impedimento en que el value invierta en ellas. Ninguno. Es igual de value que invertir en empresas net-net. Y no os confundáis: he visto crítica hacia ambos lados y por amigos a quienes aprecio y respeto, pero en este tipo de cosas se equivocan. Tantos unos como otros.

Además, que resulta feo decidir por nuestra cuenta quién es y quién no value, Si al menos en ese tribunal estuviera Buffett y demás, todavía tendría un cierto apoyo, pero no lo tiene. Bastante tenemos como inversores en tratar de aportar valor con nuestro análisis y nuestra gestión e intentar batir al que es, realmente, el enemigo que tenemos enfrente: el mercado.

Pues el mercado es de por sí un contrincante formidable, tanto, que resulta muy difícil batirlo en el largo plazo de forma consistente incluyendo en dicho índice todos los dividendos reinvertidos brutos (no netos). Andar perdiendo el tiempo poniéndonos la medalla de si nuestro método es más value que el del vecino es, aparte de una tontería, una pérdida de tiempo. Y el tiempo es muy valioso, y a largo plazo se verá cómo ambos estilos funcionan y lo hacen muy bien.

El único planteamiento que un inversor value debería tener es que su estilo de inversión se adapte a él. Es decir, si se siente a gusto invirtiendo y analizando empresas de reciclado de basuras, es ahí donde encontrará margen de seguridad y donde será capaz de aportar valor. Si, por el contrario, se siente cómodo analizando y valorando empresas de tecnología cuántica, será ahí donde deba centrar sus esfuerzos. Y lo mismo podemos decir de quien sea feliz con 16 empresas en su cartera o quien prefiera tener 160, quien las quiera grandes o quien las prefiera diminutas… Para calcular bien el valor y con él el margen de seguridad, hemos de tener bien claro que estamos invirtiendo dentro de nuestro círculo de competencia. Es salirse de él lo que da problemas.

Que esta pelea de gallitos de ponerse la medalla del «más value» acabe porque se entienda que el value investing es sólo comprar algo que vale más por menos dinero. Ni más ni menos.

Os espero en el próximo artículo.




Foto de Gladson Xavier en Pexels



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