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Carlos Flor 17 Sep '18 · 2 minutos La trampa matemática

           ¿Cómo se le vende champú a un calvo? Poniéndole el nombre de crecepelo y subiéndole el precio, de esta misma manera es como se venden los modelos matemáticos de inversión a las personas que no saben de matemáticas, al igual que un laborioso injerto capilar en el que cada pelo es tratado individualmente no se puede sustituir por un champú milagroso una cuidadosa selección de activos no puede ser sustituida por un modelo matemático.

Los números no engañan, sino lo que les presuponemos

            Lo primero que hay que saber es que las barreras de entrada para usar un modelo matemático son nulas. Cualquiera con un ordenador puede ejecutarlo, entonces podría pensarse que los diseñadores de estos programas los guardan celosamente como si de una fórmula alquímica se tratara; pero lo cierto es que estos modelos llevan inundando las publicaciones económicas desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Más desconcertante todavía es saber que sus propios inventores no los usan, como Markowitz ganador del Nobel por la teoría del portafolio moderno, que a la hora de invertir su propio dinero decide “split my contributions 50/50 between stocks and bonds”. ¡Qué moderno! Aunque siempre hay excepciones, como el caso de Long Term Capital Managment en el que los también premios Nobel Merton y Scholes decidieron aplicar su modelo de derivados perdiendo cinco billones de dólares en cuatro años, cuatro largos años.

Hasta la fecha los fracasos de los modelos matemáticos han sido tan rotundos que sus partidarios han abandonado su defensa y han puesto sus esperanzas en los “nuevos modelos” sin embargo estos adolecen del mismo defecto que los anteriores, son incapaces de cuantificar datos subjetivos, como dijo Rothbard;

"ignore the fancy welter of equations and look for the assumptions underneath. Invariably they are few in number, simple, and wrong."

            Hay quien podría pensar que esta falta de subjetividad es en realidad una fortaleza de los modelos matemáticos que no se ven afectados por los sesgos personales de los analistas, pero nada más lejos de la realidad, el mercado está formado por seres humanos y cada una de sus acciones está impulsada por un sentimiento, pero los modelos matemáticos no pueden cuantificar los sentimientos. ¿Cómo se mide el miedo? ¿Y el ego? Por lo que estos modelos se ven obligados a excluir los sentimientos de la fórmula, de esta manera se intenta predecir el movimiento del mercado eliminando la que es precisamente su fuerza motriz.

            Llegado a este punto algunos todavía podrían argumentar que si bien, los modelos matemáticos actuales no pueden predecir la acción humana, eso es porque son demasiado jóvenes; que en un futuro con ayuda de una base de datos más poderosa, alimentada por las nuevas tecnologías del “Big Data” y la “inteligencia artificial” se podría llegar a predicciones más exactas. Lo cierto es, que esta intención por cuantificar los sentimientos humanos esta “quantophrenia” no es nueva, el termino fue acuñado por el fundador del departamento de sociología de Harvard, Ptirim Sorokin para referirse a la histeria que se desató entre los miembros de la Royal Society durante el siglo XVII por medirlo todo, con el objetivo de crear una Pantometrika o Mathesis universae que cuantificara mecánicamente todas las ramas del conocimiento humano en el que se incluían la Psychonometrika, la Ethicometrika y la Sociometrika… El resultado, inmensos volúmenes en los que algunas de las mentes más brillantes del siglo anotaban el número de pasos, el número de pestañeos, o el número de números que podían recordar.

Los modelos matemáticos para predecir el futuro no sirven mientras en ese futuro haya humanos, no importa si es un modelo para predecir resultados deportivos desarrollado en la servilleta de un bar o un modelo de predicción de crisis desarrollado por la FED porque la voluntad humana no se puede cuantificar, cambia a cada momento y es difícil de valorar hasta para uno mismo. En esencia los modelos matemáticos no pueden determinar nuestra voluntad, que es precisamente lo que nos hace humanos: lo que distingue entre el bien y el mal y lo que hace que el futuro no esté por venir, sino que esté por hacer.

 



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