× CONÓCENOS FORMACIÓN EVENTOS BLOG LIBRERÍA PUBLICACIONES SIMPATIZANTES
David Núñez Longueira 15 Jul '21 · 4 minutos El probable momento actual del mercado y un par de cosas que el inversor en valor todavía puede hacer Es probable, o posible, que la descripción del momento actual del mercado se ajuste, o al menos se parezca, a la descripción que en las líneas siguientes adjuntaremos. O, por lo menos, lleva pareciéndose ya un buen rato. Desde luego, no constituye ningún secreto que las FAAMG (Facebook, Apple, Amazon, Microsoft y Google), las cinco grandes empresas predilectas del inversor tanto particular como institucional, comandan la alta rentabilidad ofrecida por la bolsa, en especial la estadounidense. A estas cinco quizá se le puedan unir más, como Netflix, sin olvidar a Tesla, ya incorporada al Olimpo del benchmark bursátil por antonomasia, el S&P 500.

Es probable, o posible, que la descripción del momento actual del mercado se ajuste, o al menos se parezca, a la descripción que en las líneas siguientes adjuntaremos. O, por lo menos, lleva pareciéndose ya un buen rato. Desde luego, no constituye ningún secreto que las FAAMG (Facebook, Apple, Amazon, Microsoft y Google), las cinco grandes empresas predilectas del inversor tanto particular como institucional, comandan la alta rentabilidad ofrecida por la bolsa, en especial la estadounidense. A estas cinco quizá se le puedan unir más, como Netflix, sin olvidar a Tesla, ya incorporada al Olimpo del benchmark bursátil por antonomasia, el S&P 500. 




Por tanto, predomina la creencia, que raramente reconocerán quienes la
asumen, de que «una buena acción (o empresa o negocio) es una buena
inversión». Se entiende, además, que las acciones «buenas» son las de:
(1) empresas líderes con un historial satisfactorio, por ejemplo, Google,
Apple o Microsoft, una combinación en la que se confía para que dé
buenos resultados en el futuro, o bien
(2) cualquier empresa que se crea con perspectivas especialmente
atractivas de beneficios futuros crecientes, como puede ser el caso de
Netflix o Tesla.



No obstante, aunque el mercado de valores tiene ideas muy claras y
aparentemente lógicas en cuanto a la calidad de las acciones ordinarias
que considera como «inversión», sus criterios cuantitativos —es decir, los
que gobiernan la relación del precio con su valor intrínseco— son tan
indefinidos que en numerosas ocasiones se puede afirmar sin temor a
equivocarse que prácticamente no existen. No es casualidad que abunden
los compradores de estos nuevos Blue Chips que recomienden su compra
evitando ofrecer un precio, siquiera aproximado, a su valor. La expresión
«su crecimiento parece no tener límites» u otras análogas zanjan la
cuestión de un plumazo y se delega en el ambiguo término «parece»
cualquier responsabilidad si tal apreciación no fuera refrendada por el
futuro. Cabría señalar, por tanto, que si tal crecimiento «parece no tener
límites», entonces el precio a pagar, por ejemplo, por Microsoft, «parece
también no tener límites», pues es irrelevante el regateo en algo que
«sólo puede subir». Por supuesto, todo «a largo plazo», el bálsamo de
Fierabrás que sana todas las heridas y pone fin a todo razonamiento
lógico.



La naturaleza de la Bolsa está guiada básicamente por la experiencia del
pasado reciente y por las perspectivas más evidentes de futuro. La
tendencia a favorecer a las empresas más grandes y sólidas es hoy tal vez
más acentuada que nunca, pues la historia demuestra no solo una mejor
resistencia ante las crisis, sino también una recuperación más completa de
su capacidad de generar beneficios. Puede observarse también la habitual

predilección por ciertos sectores, incluidas algunas empresas de menor
tamaño, debido a su destacado historial de crecimiento.



Sin embargo, estas preferencias del mercado bursátil actual, pese a que
resultan fáciles de entender, pueden suscitar alguna que otra pregunta en
la mente de los escépticos. Lo primero que hay que tener en cuenta es la
extraordinaria disparidad entre los precios de las acciones más populares
y las menos populares. Las «acciones buenas» cotizan a varias veces el
precio de «las otras» acciones. En términos de valor de activos, la
diferencia es mucho mayor, puesto que, obviamente, las acciones más
populares han tenido un rendimiento mucho mayor sobre el capital
invertido.



Sin embargo, la relación entre «acciones buenas» y «otras acciones» ha de
considerarse en función de lo que cabe esperar de los negocios en
general. Cualquier predicción sobre este último punto sería
tremendamente imprudente. Así, el historial de los últimos años no
constituye por sí solo la base de una expectativa de un movimiento
ascendente de los beneficios a largo plazo. Siempre y cuando juzguemos
al futuro a partir del pasado, el inversor no negará la posibilidad de una
nueva subida espectacular del mercado, pero lo que para él importa es
que no puede contar con ella.



Si esta es la hipótesis de trabajo de la Bolsa actualmente, se deduce que
los compradores de acciones esperan otro incremento de los beneficios
de las empresas grandes y populares a expensas de las demás. Tal
expectativa parece ser la base teórica del alto precio de un grupo y del
bajo o moderado precio que encontramos en todos los demás. Que las
acciones con una tendencia positiva en el pasado y unas perspectivas
favorables valen más que las otras es una obviedad, pero ¿no es posible
que el mercado haya llevado su subjetividad demasiado lejos, en este y en
muchos otros casos?, ¿no podría la típica empresa grande y próspera
estar sujeta a una limitación doble: primero, que su propio tamaño
excluya un crecimiento espectacular posterior; segundo, que su alta tasa
de rentabilidad sobre el capital invertido la haga vulnerable al ataque,
no ya de la competencia, sino también de las regulaciones?



Es posible que también las pequeñas empresas y los sectores menos
populares como categoría, puedan estar claramente infravalorados tanto
en términos absolutos como en relación a las acciones más populares.
Desde luego eso podría ser cierto en teoría, puesto que en cierto nivel de
precios las acciones buenas han de resultar que cotizan demasiado alto y
las otras demasiado bajo. Los puntos de flaqueza en las «acciones buenas»
van en paralelo con las correspondientes posibilidades favorables de las
otras. Finalmente, si profundizamos un poco más en el análisis, nos
daremos cuenta de que las empresas menos populares son miles, de
todos los tamaños. Al parecer, la Bolsa estaría prediciendo un declive
continuado de todos los negocios, excepto los más grandes, que
deberían florecer poderosamente. Dicha evolución no es ni
económicamente probable ni puede que políticamente posible.



Se podrían exponer dudas similares en cuanto al énfasis de la Bolsa sobre
ciertos sectores favorecidos. Esto es algo que, por la naturaleza del caso,
siempre debe exagerarse, puesto que no hay estudios cuantitativos del
entusiasmo del público por lo que le gusta. No solo el mercado ha llevado
invariablemente su optimismo demasiado lejos, sino que ha mostrado una
actitud sorprendente para favorecer sectores que pronto resultaron estar
enfrentándose a una evolución adversa.



Dicho lo cual, aunque las alternativas que se le ofrecen al inversor son
potencialmente infinitas, nosotros creemos que, en el momento actual y
bajo las presentes circunstancias, las dos mejores que tiene se pueden
resumir así:

(1) La primera enlaza con el viejo principio de que el inversor ha de
esperar períodos de negocio y niveles de mercado deprimidos para
comprar acciones ordinarias «buenas», puesto que es poco probable que
pueda adquirirlas en otros momentos, salvo que quiera hacerlo a unos
precios que en el futuro pueda lamentar. Es decir, «comprar barato y
vender caro», el sempiterno sambenito de todos los inversores, si bien
esta teoría, deslumbrante en su sencillez, se opone ferozmente a la
naturaleza humana que domina los mercados y que se plasma más bien
en la práctica, nunca reconocida, de «comprar caro y vender barato»,
pues a todos repugna la incómoda sensación de llegar tarde a las fiestas.
(2) La segunda alternativa descansa en la habilidad y temperamento del
inversor, y consiste en buscar, entre los cientos o miles de las llamadas
«empresas secundarias» («las otras acciones»), impopulares en mayor o
menor grado, aquellas que deberían ofrecer, al menos, unas cuantas
auténticas oportunidades de inversión bajo cualquier condición, excepto
quizás en pleno apogeo de un mercado al alza. Este terreno amplio, pero
bastante impopular, puede representar el reto más lógico para los
intereses del inversor de buena fe y para su talento.

*****