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Marc Fortuño 08 Ene '18 · 5 minutos El mercado El principal reto para el inversor value es identificar en la inmensidad del mercado aquellas empresas singulares que cuenten con ventajas competitivas perdurables.
En una economía de mercado libre, el beneficio económico es el motor que impulsa la toma de decisiones individuales. Ese interés nos lleva a acudir al mercado para ofrecer nuestras habilidades o para demandar bienes o servicios. Para entender qué es el mercado, debemos profundizar en los dos conceptos clave que lo articulan y sostienen: la cooperación y la competencia.

El economista escocés Adam Smith lo describió en su libro Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones:
“No es de la benevolencia del carnicero, cervecero o panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio".
Para alcanzar ese beneficio económico individual, es preciso unir distintos talentos especializados para un objetivo común. Ésta es la raíz de la creación de una empresa. La cooperación en una empresa se construye sobre dos bases: la división del trabajo; y la utilización de bienes de capital para la mejora de los niveles de productividad. Sin embargo, la cooperación que configura el mercado obliga a la empresa, para llevar a cabo su actividad, a demandar a su vez bienes y servicios a otras empresas. De esta manera, se crea un entramado muy amplio de decisiones individuales, a través de la división global del trabajo.

El pan que compramos diariamente es el resultado de la cooperación de multitud de personas interesadas en maximizar sus ingresos en una cadena de suministro. Los agricultores cultivan el grano; los intermediarios muelen el grano para la formación de la harina; y finalmente, la panadería hornea el pan. A su vez, cada uno de los integrantes de esta cadena de suministro de este producto en concreto, adquieren bienes de capital con el fin de ser más eficientes en su actividad, lo que les lleva a una colaboración necesaria con otros sectores. La relación entre tantos agentes individuales que toman decisiones a diario con libertad configura lo que llamamos mercado.

La competencia es el regulador natural de este enorme ecosistema económico llamado mercado. Gracias a la existencia de un amplio entorno empresarial -desde los amplios sectores hasta los pequeños nichos de mercado- la oferta persigue constantemente la excelencia en su producto con el objetivo de comercializarlo al máximo número de consumidores posibles. Con ello, una economía de mercado se autorregula siempre gracias a la existencia de un enorme número de empresas dispuesta a competir por la venta de su producto.

Supongamos el caso del panadero anterior. Si el panadero, en el momento de ofrecer su producto a los consumidores, abre la panadería tarde, presenta un pan mohoso o del día anterior, o lo ofrece a un precio no competitivo para sus consumidores, los competidores más diestros identificarán pronto una oportunidad para incrementar sus beneficios, ofreciendo un pan que sí se adapte a las exigencias del consumidor.

Cuanto mayor sea el grado de cooperación y competencia que se forja en el libre mercado, mayor será el poder final del consumidor, que estará en condiciones de maximizar su utilidad en el intercambio de recursos.

Desde el punto de vista del consumidor, la existencia de la cooperación permite que los procesos productivos alcancen un mayor grado de eficiencia a medida que éstos se desarrollan. Esto repercute en menores costes por unidad producida y, en consecuencia, en una reducción del precio final. Con el abaratamiento de un determinado producto se incrementa el acceso al mismo de los consumidores de renta más baja.

Cuando un mercado tiende a una estructura de competencia más óptima, el equilibrio de precios beneficia a las dos partes: a los productores que persiguen obtener máximo beneficio con la venta de su producto; y a los consumidores que buscan la mayor utilidad en la asignación de sus limitados recursos. Esta asignación óptima se traduciría en el máximo bienestar de cada uno de los agentes económicos que intervienen en el mercado. En ese entorno, no sería posible elevar el bienestar de uno de los participantes del mercado, sin perjudicar el de algún otro.

En definitiva, en un entorno de competencia, el consumidor adquiere la libertad para elegir y por lo tanto de penalizar, mediante la discriminación, aquellas ofertas menos interesantes o competitivas. De esta manera, la consecuencia final del proceso competitivo es la destrucción creativa, término popularizado por el economista Joseph Schumpeter en su obra más reconocida: Capitalismo, socialismo y democracia, publicada en 1942.

Schumpeter definió la destrucción creativa como el gran catalizador del asombroso incremento de la riqueza y de la mejora de los niveles de bienestar que se deriva de la existencia de un mercado libre. La destrucción creativa significa que los mecanismos que protegen una ventaja competitiva no son permanentes. Es decir, que la esperanza de vida de una ventaja competitiva disminuye a medida que la tecnología y los gustos del consumidor evolucionan. Esto se traduce en el principio darwiniano de la supervivencia del más apto: sólo aquellas empresas que ofrezcan los productos que generen mayores utilidades a sus consumidores podrán permanecer en el tablero del mercado. Esto provoca que dichas empresas sólo seleccionarán a largo plazo aquellas técnicas de producción que ofrezcan mayor rentabilidad.

Un ejemplo claro de destrucción creativa lo vemos en Kodak. Si nos remontamos en el año 1976, Kodak era el monopolio de la fotografía: representaba el 90% de las ventas de carretes; y el 85% de las ventas de cámaras en Estados Unidos. En la década de los noventa, fue destacada como una de las cinco marcas más valiosas del mundo. Sin embargo, con la aparición de la fotografía digital y la mejora en la capacidad de almacenamiento, el negocio de Kodak quedó marginado. Kodak no supo reaccionar y, ante el deterioro del negocio, en 2012 se declaró en suspensión de pagos.

El inversor value analiza minuciosamente los factores de cooperación y competencia en las compañías en las que va a invertir. Sabe que sólo aquellas empresas que se signifiquen por su alto grado de eficiencia en su cooperación, sus ventajas competitivas perdurables y su sólida posición de mercado frente a la competencia, podrán mantener sus resultados a largo plazo.

La eficiencia en la cooperación de una compañía se puede medir por las siguientes variables: estructura integrada dentro del organigrama empresarial; interacción con clientes y proveedores; sinergias surgidas con otras empresas para un propósito específico (joint-ventures); y mejoras específicas derivadas de un proceso de fusión: en la cadena de suministro (fusión vertical) o en la integración de la competencia para agregar cuota de mercado (fusión horizontal).

En entornos económicos de mercado libre, la evolución de la competencia impactará en el largo plazo en los márgenes empresariales. En sectores de baja competencia, los márgenes tienden a ser elevados, por lo que existe un incentivo natural a la entrada de nuevos competidores, que normalmente reducirán los márgenes de las empresas establecidas. Por el contrario, en sectores sobredimensionados de bajos márgenes, o incluso márgenes negativos, se origina un proceso de reestructuración del sector en el que las alternativas de negocio con menor grado de eficiencia quedan desplazadas o salen directamente del mercado.

En última instancia, es el propio proceso del mercado lo que provoca que los resultados extraordinarios que se dan en una empresa florezcan y se marchiten fugazmente, con la única excepción de que esté presente alguna ventaja competitiva perdurable. Warren Buffett ha descrito, no en vano, estas ventajas competitivas como un foso que permite a la empresa, como si de un castillo se tratara, proteger sus beneficios a largo plazo y su cuota de mercado frente a empresas competidoras.

El principal reto para el inversor value es identificar en la inmensidad del mercado aquellas empresas singulares que cuenten con ventajas competitivas perdurables. Algunas de estas ventajas competitivas son: posesión de intangibles –una marca prestigiosa-; el efecto red en la comercialización de un producto; las diferentes regulaciones -patentes, derechos de autor o concesiones- que privilegian a un número reducido de empresas; o economías de escala que capacitan a las grandes empresas para producir a un coste unitario menor que sus competidoras de menor tamaño.

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