Inversión en valor
Básico

El probable momento actual del mercado y un par de cosas que el inversor en valor todavía puede hacer

Es probable, o posible, que la descripción del momento actual del mercado se ajuste, o al menos se parezca, a la descripción que en las líneas siguientes adjuntaremos. O, por lo menos, lleva pareciéndose ya un buen rato. Desde luego, no constituye ningún secreto que las FAAMG (Facebook, Apple, Amazon, Microsoft y Google), las cinco grandes empresas predilectas del inversor tanto particular como institucional, comandan la alta rentabilidad ofrecida por la bolsa, en especial la estadounidense. A estas cinco quizá se le puedan unir más, como Netflix, sin olvidar a Tesla, ya incorporada al Olimpo del benchmark bursátil por antonomasia, el S&P 500.

Es probable, o posible, que la descripción del momento actual del mercado se ajuste, o al menos se parezca, a la descripción que en las líneas siguientes adjuntaremos. O, por lo menos, lleva pareciéndose ya un buen rato. Desde luego, no constituye ningún secreto que las FAAMG (Facebook, Apple, Amazon, Microsoft y Google), las cinco grandes empresas predilectas del inversor tanto particular como institucional, comandan la alta rentabilidad ofrecida por la bolsa, en especial la estadounidense. A estas cinco quizá se le puedan unir más, como Netflix, sin olvidar a Tesla, ya incorporada al Olimpo del benchmark bursátil por antonomasia, el S&P 500.

Por tanto, predomina la creencia, que raramente reconocerán quienes la asumen, de que «una buena acción (o empresa o negocio) es una buena inversión». Se entiende, además, que las acciones «buenas» son las de:

(1) empresas líderes con un historial satisfactorio, por ejemplo, Google, Apple o Microsoft, una combinación en la que se confía para que dé buenos resultados en el futuro, o bien

(2) cualquier empresa que se crea con perspectivas especialmente atractivas de beneficios futuros crecientes, como puede ser el caso de Netflix o Tesla.

No obstante, aunque el mercado de valores tiene ideas muy claras y aparentemente lógicas en cuanto a la calidad de las acciones ordinarias que considera como «inversión», sus criterios cuantitativos —es decir, los que gobiernan la relación del precio con su valor intrínseco— son tan indefinidos que en numerosas ocasiones se puede afirmar sin temor a equivocarse que prácticamente no existen. No es casualidad que abunden los compradores de estos nuevos Blue Chips que recomienden su compra evitando ofrecer un precio, siquiera aproximado, a su valor. La expresión «su crecimiento parece no tener límites» u otras análogas zanjan la cuestión de un plumazo y se delega en el ambiguo término «parece» cualquier responsabilidad si tal apreciación no fuera refrendada por el futuro. Cabría señalar, por tanto, que si tal crecimiento «parece no tener límites», entonces el precio a pagar, por ejemplo, por Microsoft, «parece también no tener límites», pues es irrelevante el regateo en algo que «sólo puede subir». Por supuesto, todo «a largo plazo», el bálsamo de Fierabrás que sana todas las heridas y pone fin a todo razonamiento
lógico.

La naturaleza de la Bolsa está guiada básicamente por la experiencia del pasado reciente y por las perspectivas más evidentes de futuro. La tendencia a favorecer a las empresas más grandes y sólidas es hoy tal vez más acentuada que nunca, pues la historia demuestra no solo una mejor resistencia ante las crisis, sino también una recuperación más completa de su capacidad de generar beneficios. Puede observarse también la habitual predilección por ciertos sectores, incluidas algunas empresas de menor tamaño, debido a su destacado historial de crecimiento.

Sin embargo, estas preferencias del mercado bursátil actual, pese a que resultan fáciles de entender, pueden suscitar alguna que otra pregunta en la mente de los escépticos. Lo primero que hay que tener en cuenta es la extraordinaria disparidad entre los precios de las acciones más populares y las menos populares. Las «acciones buenas» cotizan a varias veces el precio de «las otras» acciones. En términos de valor de activos, la diferencia es mucho mayor, puesto que, obviamente, las acciones más populares han tenido un rendimiento mucho mayor sobre el capital invertido.

Sin embargo, la relación entre «acciones buenas» y «otras acciones» ha de considerarse en función de lo que cabe esperar de los negocios en general. Cualquier predicción sobre este último punto sería tremendamente imprudente. Así, el historial de los últimos años no constituye por sí solo la base de una expectativa de un movimiento ascendente de los beneficios a largo plazo. Siempre y cuando juzguemos al futuro a partir del pasado, el inversor no negará la posibilidad de una nueva subida espectacular del mercado, pero lo que para él importa es que no puede contar con ella.

Si esta es la hipótesis de trabajo de la Bolsa actualmente, se deduce que los compradores de acciones esperan otro incremento de los beneficios de las empresas grandes y populares a expensas de las demás. Tal expectativa parece ser la base teórica del alto precio de un grupo y del bajo o moderado precio que encontramos en todos los demás. Que las acciones con una tendencia positiva en el pasado y unas perspectivas favorables valen más que las otras es una obviedad, pero ¿no es posible que el mercado haya llevado su subjetividad demasiado lejos, en este y en muchos otros casos?, ¿no podría la típica empresa grande y próspera estar sujeta a una limitación doble: primero, que su propio tamaño excluya un crecimiento espectacular posterior; segundo, que su alta tasa de rentabilidad sobre el capital invertido la haga vulnerable al ataque, no ya de la competencia, sino también de las regulaciones?

Es posible que también las pequeñas empresas y los sectores menos populares como categoría, puedan estar claramente infravalorados tanto en términos absolutos como en relación a las acciones más populares. Desde luego eso podría ser cierto en teoría, puesto que en cierto nivel de precios las acciones buenas han de resultar que cotizan demasiado alto y las otras demasiado bajo. Los puntos de flaqueza en las «acciones buenas» van en paralelo con las correspondientes posibilidades favorables de las otras. Finalmente, si profundizamos un poco más en el análisis, nos daremos cuenta de que las empresas menos populares son miles, de todos los tamaños. Al parecer, la Bolsa estaría prediciendo un declive continuado de todos los negocios, excepto los más grandes, que deberían florecer poderosamente. Dicha evolución no es ni económicamente probable ni puede que políticamente posible.

Se podrían exponer dudas similares en cuanto al énfasis de la Bolsa sobre ciertos sectores favorecidos. Esto es algo que, por la naturaleza del caso, siempre debe exagerarse, puesto que no hay estudios cuantitativos del entusiasmo del público por lo que le gusta. No solo el mercado ha llevado invariablemente su optimismo demasiado lejos, sino que ha mostrado una actitud sorprendente para favorecer sectores que pronto resultaron estar enfrentándose a una evolución adversa.

Dicho lo cual, aunque las alternativas que se le ofrecen al inversor son potencialmente infinitas, nosotros creemos que, en el momento actual y bajo las presentes circunstancias, las dos mejores que tiene se pueden resumir así:

(1) La primera enlaza con el viejo principio de que el inversor ha de esperar períodos de negocio y niveles de mercado deprimidos para comprar acciones ordinarias «buenas», puesto que es poco probable que pueda adquirirlas en otros momentos, salvo que quiera hacerlo a unos precios que en el futuro pueda lamentar. Es decir, «comprar barato y vender caro», el sempiterno sambenito de todos los inversores, si bien esta teoría, deslumbrante en su sencillez, se opone ferozmente a la naturaleza humana que domina los mercados y que se plasma más bien en la práctica, nunca reconocida, de «comprar caro y vender barato», pues a todos repugna la incómoda sensación de llegar tarde a las fiestas.

(2) La segunda alternativa descansa en la habilidad y temperamento del inversor, y consiste en buscar, entre los cientos o miles de las llamadas «empresas secundarias» («las otras acciones»), impopulares en mayor o menor grado, aquellas que deberían ofrecer, al menos, unas cuantas auténticas oportunidades de inversión bajo cualquier condición, excepto quizás en pleno apogeo de un mercado al alza. Este terreno amplio, pero bastante impopular, puede representar el reto más lógico para los intereses del inversor de buena fe y para su talento.

 

*****

Parece mentira que la mayor parte de este texto que acaba de leer se redactara en 1940. Yo no he hecho más que adaptarlo. Pero no, no es mentira. El pasado, si no se repite, al menos rima. En materia bursátil, si cabe, todavía más. Su autor originario, Benjamin Graham, algo sabía de todo esto. Juzgue usted si tenía o no razón.

Ahí lo dejo.

 

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